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Estadísticas de la ruta

Distancia
15,7 km

Desnivel positivo
436 m

Dificultad técnica
Fácil

Desnivel negativo
436 m

Altitud máxima
671 m

TrailRank
79

Altitud mínima
423 m

Tipo de ruta
Circular

Fotos de la ruta

Meteorología

Descripción del itinerario.

Organizada por la sección de senderismo de la empresa Catelsa y realizada durante la mañana del 25 de enero de 2014. Llevamos como guía a Vicente Pozas. Participamos unas 40 personas, un grupo compacto y sumamente grato.

Dejamos los coches al principio de la Calle Real en Pedroso de Acim, cerca de un panel informativo. Desde allí, subimos por dicha calle y pudimos disfrutar viendo numerosas cigüeñas con sus nidos instalados en tejados particulares y en el de la Iglesia.

Al pasar la plaza debe tomarse por la derecha, por la Calle Oscura para girar otra vez a la derecha y salir del pueblo por la Calle San Juan.

Va a quedar ante nuestros ojos una buena vista hacia el norte y, pocos metros más adelante, en una curva del camino, las ruinas de una antigua construcción con algún elemento arquitectónico que nos llama la atención.

A partir de aquí hemos de seguir siempre el camino principal, evitando tomar cualquiera de las desviaciones que quedan a nuestra derecha.

Cuando llevamos caminados muy poco más de 1,5 kilómetros, una valla con tres o cuatro carteles y un paso canadiense. Los carteles nos indican que entramos en la finca “Villa Santa Ana” y nos advierten sobre la prohibición de coger setas.

Antes de atravesar la valle, a nuestra izquierda está el monte El Berrocal, como nos informa otro cartel. De ahí mismo sale el camino que, a nuestra vuelta del Molino, deberemos tomar para continuar la ruta.

Seguimos, entre alcornoques, por el Camino de Portezuelo hasta llegar a otra verja con paso canadiense, que atravesamos. Desde aquí nos quedará poco más de 1,3 kilómetros para llegar al Molino que vamos a visitar.

A nuestra izquierda queda lo que creo que es el Canchal del Monje en la Loma de Pedro Cabrero.

En pocos metros más llegamos al tercer paso canadiense. Por aquí pasa el Arroyo de Valdecocos que, a nuestro paso, va completamente seco de agua.

Pocos metros más allá de la verja, a la izquierda del camino, un pozo de metro y medio de profundidad (sin agua a nuestro paso) representa un peligro.

El camino describe un giro brusco a la izquierda y en ese mismo lugar un poste tiene un cartel que nos indica que estamos a 100 metros del Molino que venimos a visitar. Desde allí mismo tenemos una estupenda vista hacia Torrejoncillo.

A nuestra vista quedan ya las ruinas de lo que fue el Molino del Tío Fabián, también conocido como Máquina del Tío Fabián y las de las edificaciones anejas al mismo.

Según la escasa información disponible a la que he podido tener acceso parece que las instalaciones se dedicaron primeramente a molino de cereales para modificar su utilización, posteriormente, a telares seguramente a consecuencia de las fábricas de paños existentes en la vecina Torrejoncillo.

De la primera parte de la información no tengo ninguna duda, pues los vestigios existentes en el lugar acreditan sobradamente su actividad de molino, pero de la segunda no tengo constancia alguna que no sea la afirmación hecha en un panel informativo, por lo que no me atrevo a asumirla.

Se trata de dos grupos de construcciones claramente separadas una de otra. La segunda también podríamos diferenciarla en dos.

En cuanto a las edificaciones más próximas al camino, en el waypoint correspondiente incluyo amplia información. En cuanto al edificio principal, digo lo mismo en el waypoint correspondiente.

De la maquinaria del molino quedan algunos restos. Así, pude contar hasta cuatro piedras de moler, tres en el lugar donde, seguramente, se efectuaba la molturación, ya que allí desemboca la conducción de agua y se observan los huecos por donde debería salir para accionar los engranajes, parte de los cuales se encuentran también allí.

La cuarta piedra está en una dependencia al lado y en ella son claramente visibles dos placas. Una de ellas, rectangular, nos informa que las piedras se fabricaron por la “Grande Société Meuliére”, cuyo representante en España era León Riviére. La otra, ovalada, nos habla del origen de la piedra y de la fábrica: La Ferté sous-Jouarre.

Por lo que se refiere a las piedras de moler, me remito a la amplísima información que incorporo al waypoint denominado “Maquinaria del Molino”. Y por lo que se refiere a las conducciones de agua, al waypoint denominado “Conducciones de agua”, donde también pongo amplia información.

Al llegar al primero de los pasos canadienses que atravesamos, y tras un reagrupamiento, tomamos el camino que sale a la derecha.

Los buitres que anidan en la Sierra de Arco, en las estribaciones de la Peña de los Valles, decidieron darse una vuelta por donde estábamos nosotros. Aunque, en general, volaban a buena altura, alguno llegó a descender en su vuelo hasta ponerse a nuestra altura e, incluso, un poco más abajo, lo que nos permitió intentar fotografiarlos.

Cuando llegamos a la altura de la Peña del Águila arreció un viento frío que nos invitó a abrigarnos más de lo que veníamos y los que íbamos en cabeza aceleramos un poco el paso para tratar de encontrar algo de abrigo.

En los pinos que comienzan a crecer en esta sierra, abundantes nidos de procesionarias llamaron nuestra atención. No nos pareció buena señal para el futuro de estos pinos tal concentración de nidos repletos de estas orugas.

A la altura de El Berrocal el camino describe un semicírculo casi perfecto desde el que puede verse, casi a nuestros pies, el convento del Palancar. Como quiera que debíamos reagruparnos y tomar un refrigerio, se optó por parar en lo más cerrado de la pequeña vaguada existente al terminar la curva, lugar razonablemente protegido del viento y con unas bonitas vistas.

Durante la parada estuvimos comentando sobre el Convento del Palancar, resultando que varios de los asistentes no lo conocían, por lo que se planteó de tratar de realizar la visita que los Franciscanos hacen para grupos a diversas horas.

Continuamos camino con ánimo de llegar pronto al Convento.

Vicente Pozas, que actuaba como “guía” en esta ruta, nos anunció que pocos metros más adelante íbamos a ver unos abrevaderos que, con seguridad, nos gustarían.

En el punto más al este de la ruta, el sendero describe casi un círculo completo, del que salimos a través de un paso canadiense.

Tal y como Vicente nos había prometido, en pocos minutos llegamos a la Fuente de los Cucharros, un lugar que a todos nos pareció precioso, no solo por el entorno, sino por la propia Fuente.

Se trata de toda una veintena de abrevaderos de piedra colocados el “L” y en pendiente, de manera que el agua de la Fuente que cae en el primer abrevadero va pasando de unos a otros dada su disposición.

La mitad están colocados en una dirección y la otra mitad en la otra.

El agua de la Fuente es clara y en ningún sitio se indica que NO sea potable. Eso sí, dado el musgo existente en las piedras, quien quiera coger agua debe hacerlo directamente del chorro.

El sitio invita a solazarse de la Fuente y de su entorno, lo que hicimos, permaneciendo allí durante más de diez minutos. Y es que no era para menos.

Tras volver al camino encontramos enseguida un paso canadiense y, tras cruzarlo, hemos de tomar la carretera que sale a la izquierda y que, en cinco minutos, nos sitúa ante el Monasterio del Palancar.

Lo primero que encontramos al llegar a la explanada, a nuestra derecha es la “Fuente del Palancar”, pequeño recinto de piedra con cancela, pero abierto, que me da la impresión que más que para beber está hecho para “estar” allí: leyendo, descansando, respirando, contemplando.

El gripo, sobre una preciosa pila de piedra, no da agua. Imagino que la tienen cortada.

Por el lado izquierdo de la explanada se accede a un precioso jardín del que tuve la oportunidad de disfrutar durante días hace unos años, con motivo de una convivencia que hice aquí, en la casa que hay a la derecha de la explanada adosada a los muros de la Iglesia.

Creo que el jardín es un lugar muy franciscano: pequeño, cuidado, tranquilo y sin estridencias. Todo es sencillo y todo parece estar en su lugar. Nada sobra. Todo (y todos) parecen tener allí cabida.

Fue curioso, pero durante los minutos que estuvimos en el jardín la gente casi no habló. Unos se sentaron, otros disfrutaron de las vistas y todos se sintieron sumamente a gusto.

Como es sabido, dentro del Convento que actualmente se ve desde fuera se encuentra el Convento originario, el que fundó y en el que vivió San Pedro de Alcántara. Está considerado el Convento más pequeño del mundo. La celda de San Pedro de Alcántara tiene un metro cuadrado. Dormía sentado, apoyando la cabeza sobre un tronco que tenía delante.

Alrededor de veinticinco senderista (quizá alguno más) decidió esperar a que los frailes abrieran para realizar la visita guiada de la una de la tarde.

El resto decidimos continuar hacia el pueblo, por lo que volvimos sobre nuestros pasos y al salir de la explanada tomamos un camino que hay a la izquierda y que pasando por las puertas del Restaurante El Palancar, lleva directamente a Pedroso de Acim pasado por la Charca de la Nava, que queda a la derecha del camino.

Al llegar a Pedroso de Acim continuamos hasta la Iglesia y giramos a la derecha por la calleja que está a continuación para visitar los lavaderos públicos que se encuentran detrás de la Iglesia.

Fueron restaurados hace años. A mi juicio con mucho acierto. Su estructura da una idea perfecta de cómo desarrollaban las mujeres su trabajo aquí. Y también podemos darnos una idea del intenso frío que tenían que pasar cuando venían a realizar esta tarea.

Y con esto dimos por concluida la ruta.